Me
sentando en la oficina del director de mi escuela, miraba mientras mi vida y mi
carrera como un cazafantasma terminaron antes mis ojos. Tenía nueve años y
tenía miedo porque hasta que eso momento, nunca jamás había imaginado que
habría roto las reglas y por eso, no podría imaginar mi vida después de esa
infracción enorme.
Empezó
cuando una de mis amigas de nuestro clase de quinto curso vio una luz rara en
el teatro y nos dijo que pensaba que el teatro fue encantada. En esa edad,
nuestra actividad favorita era cazar por las fantasmas (especialmente a
nuestras fiestas de pijamas) entonces ella no necesitó decir más para capturar
nuestra atención. Esa semana, empezamos a cazar por las fantasmas en el teatro
durante nuestro recreo.
Para
un grupo de quintos grados éramos criminales engañosas, planeando nuestra
ataque durante el clase antes de recreo bajo el nombre “The Usher Concert” para
ocultarla de nuestra maestra, Mrs. Neimann. Decidimos quienes tuvieron el
trabajo de guardando las puertas y quienes tuvieron el trabajo de buscando el
teatro por las fantasmas, y el día siguiente, traje mis walkie-talkies para
ayudarnos.
Con
“The Usher Concert” en nuestras vidas, cada día era una aventura, y cada día me
despertaba emocionada e impaciente por la hora de recreo. Supimos que lo que
hacíamos era cuestionable y disfrutábamos muchísimas el riesgo de los momentos
cuando nuestras chicas de seguridad llamaban a la puerta para indicar que
alguien estaba venido para el teatro – ¡jugando fútbol con nuestros compañeros
no tenía el mismo agitación que cuando pensamos que alguien nos atraparía en el
teatro! Volvíamos sudorosas y sin respiración a nuestros clases, ya pensando en
lo que encontraríamos el día siguiente.
Nuestros
planes funcionaban perfectamente por unas semanas hasta que un día, el maestro
de teatro nos cogió y la diversión del riesgo terminó. Un hombre dramático con
un temperamento fuerte, él gritó a nosotras por lo que me sentía como horas, y
nos dio un aviso que sí nos vería en el teatro sin supervisión otra vez, nos
mandaría a la oficina.
Por
supuesto, como las niñas locas éramos, no dejamos nuestra búsqueda, aunque unas
de mis amigas se acobardaran. Pero nosotras dedicadas continuamos con más
medidas de seguridad en una situación con más riesgo. Y por supuesto, el
maestro nos atrapó otra vez y como nos prometió, nos mandó a la oficina del
director, él gritando y nosotras llorando. Nuestro director nos dio, por
nuestro castigo, una semana de recreo en su oficina, para pensar en lo que
hicimos.
En
eso momento, creí que mi padre, quien fue un maestro a mi escuela, me mataría y
no podría pensar en el remordimiento que mi nueva reputación traería a mi
familia. Pero solamente un año después de eso crimen, las bibliotecarias de mi
escuela prohibiría a yo y mis amigas de la biblioteca por una semana por
poniendo un letrero que dijo “Me gustan los tacos” arriba de su puerta, porque
una vida de crimen estúpida siempre me divierto demasiada y nadie puede matar
una cazafantasma.
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