Caminábamos por los arboles en
el aire fresco, mientras el viento soplaba como un suave susurro y el sol brillaba
y nos calentaba como una motivación para permanecer fuertes, porque necesitábamos
completar la misión: escalar la gran montaña Silver Fang. Podía oír los pasos
de las diez otras personas de mi grupo, pero el silencio de la naturaleza los
ahogaba y nadie hablaba porque no quería perturbar la paz del momento.
Nos
encontrábamos agotados físicamente por las muchas horas de alpinismo y las pesadas
mochilas en nuestras espaldas, pero nuestras mentes estaban despiertas y con
cada minuto en la montaña aprendíamos algo nuevo sobre los animales, la
geografía, las plantas o nosotros. Yo quería ver más y sabía que, un poco más
lejos, podría ver una vista espectacular, así que apreté los dientes y empecé a
escalar rápidamente y poco después estaba el primer alpinista del grupo.
Finalmente,
alcancé el saliente y detuve para mirar al mundo de abajo: me sentía como si
estuviera volando. Pero, de pronto, oí un ruido terrible, como un grito que no
pudiera escapar de la garganta y giré inmediatamente para ver a mi amigo en la
tierra, con sus manos en su pecho, luchando por respirar con cara de terror. Me
dijo, con dolor, que no podía respirar porque estaba tenido un ataque de asma.
Hurgó en sus bolsillos buscando su inhalador, pero no podía hacer nada durante
el ataque. Grité pidiendo ayuda repetidamente, pero el resto del grupo estaba
demasiado lejos para oírme. Entonces me encontré congelada de miedo de que allí,
en los montañas aisladas, nadie pudiera ayudarle.
Después
de unos pocos segundos que me parecían más como horas, nuestra guía llegó
corriendo al saliente y le dio su inhalador tres veces sin resultado. Con
cuidado, se sentó detrás de mi amigo, le levantó los brazos por encima de la
cabeza y, juntos, respiraron tranquila y lentamente hasta pudo respirar por su
cuenta. El resto del grupo y yo, quienes habíamos sido inútiles durante la
crisis, mirábamos con asombro el coraje de la guía y la fuerza de nuestro
amigo. Nos quedábamos en silencio hasta que nuestro amigo se levantó con
cuidado y, mirando a la vista de las montañas y el mundo de abajo, dijo: –Me
quitó el aliento…literalmente.
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